sábado, 17 de septiembre de 2016

Exilio voluntario

La mochila ya casi esta lista. El jueves me voy a Italia dos semanas y después tres meses a Japón. Eso si los pilotos de Aerolíneas Argentinas dejan de hacer paros al voleo; por ahora es probable que me agarre una huelga. Hermoso país; los asalariados que mejor cobran exigen un aumento del 60%  (un piloto gana entre 120 a 250 mil pesos, el salario mínimo argentino es hoy de 7 mil). Así que es probable que pronto empiecen a llover aviones de punta por todo el país.

Estoy exhausto. No crean que es por esto. Lo de aerolíneas es solo una de muchas, si viven un tiempo acá verán que tienen dos opciones; ser parte del desastre o de vez en cuando alejarse para no matarlos a todos.

Dadas las circunstancias, y aunque en Japón voy a trabajar, me entenderán cuando digo que este viaje representa un descanso, una distancia cautelosa que tomo con Argentina.

Me siento igual que cuando cortas con tu novia y no queres hablar ni una palabra más, ni tampoco te la queres cruzar. Ya bastante tenes con esos recuerdos irrespetuosos que aparecen de la nada. Te queres alejar, dedicarte al ocio de los amigos, a pensar en silencio o incluso a la soledad de un sexo casual. Probablemente lo hacemos porque tenemos el cagaso de que si hablamos vamos a entrar de vuelta en el mismo espiral.

Te escribo en caliente y solo porque mantenemos la distancia (estoy tomando un vaso de coca cola en vez de unos mates). Tampoco quiero escribirte mucho, solo un post breve para despedirme y dejar claro mi hastío.

Sin dudas Argentina físicamente es atractiva, es como una cuarentona que fue la reina de la primavera cuando iba  a la secundaria y ahora va al gimnasio tres veces por semana; además del culo entrando se hizo las tetas y tiene linda cara, y sí, porque no, también hijos (a Brasil por ejemplo). La Argentina es una Milf casada con un viejo millonario al que no le da mucha pelota y que cada tanto gorrea con el tipo que limpia la pileta y arregla el jardín.

El problema de esta cuarentona es que tiene mucho tiempo al pedo y su vida le aburre bastante. Quizá por eso uno de los principales productos de exportación del país, además de la soja, sean los programas de chimentos y una variante de las novelas tipo culebrones que incluyen competiciones de baile. 

Mi teoría es que el argentino no sabe bien quién carajo es. Y por eso lo escuchamos todo el tiempo dando clases y sermones, a ver si de casualidad un día de estos se empieza a creer lo que dice por pura fuerza de repetición.

El argentino no tiene religión oficial. En la constitución dice que son católicos, pero es solo una formalidad, en buena hora, las iglesias están vacías y lucen como piezas de museo. Es mentira que el papa francisco sea ahora un líder religioso para el pueblo. Nadie sigue sus consejos, ni si quiera los jóvenes de pentecostés. Algunas estadísticas dicen que Pancho llega mejor a los nuevos públicos, esto seguramente es cierto si vemos por ejemplo el simple hecho de tomar fernet con coca y rendir homenaje al único ritual argentino que realmente importa: el futbol. En este país nada es más trascendente que los partidos del domingo. En serio, todo el resto puede ser joda pero el futbol nunca. Miren el presupuesto de la nación; por ejemplo, gastamos unas 1000 veces más en transmitir fútbol que en investigaciones contra la corrupción (que serían muy molestas para el gobierno de turno claro).

Solamente existe una cosa más importante que el futbol para un argentino, y está inscripto en el mismo nombre del país. Argentina viene de argentum que significa en latín plata. Mucho más conocida como guita. Nada equipara la fanatia de un argentino por la guita. Es rarísimo encontrar un argentino que no quiera más guita, incluso si esta en el baño limpiándose el culo con billetes. Algunos dicen que no les interesa, que prefieren ser felices, estar en paz, o disponer de más tiempo, pero son sutiles estrategias para conseguir más guita. Esta inmunda codicia, amigos míos, es lo que nos mantiene estancados en el tiempo; la individualidad siempre prevalece sobre la colectividad.

Creo que el amor platónico por la guita es también la razón de que siempre estamos apurados. Basta mirar el funcionamiento de las rotondas de tránsito, nadie cede el paso, el conductor que está dentro de la rotonda puede tranquilamente tomarse unos mates mientras espera que frenen para dejarlo salir.

Otro problema en argentina es que los políticos se aparean entre ellos mismos y degeneran en especies absolutamente deformes. Siempre siguiendo las teorías evolutivas de Darwin; a una oleada de hijos de puta les sigue otra de hijos de puta aún más feroces. Al parecer no nos merecemos otra cosa.

Y sin embargo, pese a todo esto, y mucho más que no voy a dejar escapar - ya es bastante enojo por hoy - quizá te extrañe.  

Es cierto, no va ser extrañarte nivel: me vuelvo a argentina nadando. Pero es probable que te extrañe.

¿O no? Bueno, lo veremos dentro de poco si me dejas abordar el vuelo en paz. Así, oficialmente empezará mi exilio voluntario.

domingo, 11 de septiembre de 2016

Trigal con cuervos de Van Gogh

Son las doce de la noche, la ambulancia llegó hace unos minutos, todavía hay personas en el bar teatro. La mayoría están amontonadas en la puerta de la salida. Las sillas están casi todas vacías, algunas tiradas en el suelo, pero eso no significa que no haya nadie allí. Todo lo contrarío, bien sabemos que esos ausentes son los más presentes. Esta mezcla incomprensible de palabras no es un lujo, ni un esfuerzo gratuito que le pido al lector, es la única forma de comprender algo que esta fuera de la historia pero que ocurre como consecuencia de esta. Ja, vaya misterio. Hermoso y placentero misterio.

Recapitulemos esta monstruosa noche.

Desde que terminó el primer acto, cuando el joven con Alzheimer (llamémoslo de alguna manera) se fue a buscar la letra a su casa, al bar llegaron todo tipo de personas. Algunas se fueron a tiempo, otras siguen aquí, como ese de allí, con sus inacabables cigarrillos finos, o aquella, con un vaso de tequila con tres hielos, y muchos otros que solo están por ahí, esparcidos en distintas poses surrealistas.
Observaban las distintas puestas; imaginaron que subirían y dirían lo que querían decir.

Después del joven con Alzheimer subió al escenario un señor mayor, hizo una pose extraña; entre intelectual y aburrido de pensar. Nadie del público entendió lo que quiso decir con su relato. Estaba enojadísimo. El señor se bajó de las tablas sin pena ni gloria, y se quedó hasta el acto siguiente para ver si su odio había enraizado. Pero como no lo hizo, se deslizo de la silla a la calle como una babosa silenciosa. Decimos intelectual para conservar el optimismo en este lúgubre montaje. Tal vez su fárrago haya tenido algún sentido y efectivamente los espectadores estuvieron cegados.  

A continuación el bar se colmó de personas, típico de los viernes; hora pico, gente cansada de las oficinas, con lujuria creciente. Después de una serie de canciones que cantaron un grupo gay de japoneses aburridos, el escenario quedó otra vez disponible para los monólogos. En un arrebato de furia una mujer de rojo se subió a las tablas, robó miradas y lanzó su propia visiónde la vida y la muerte. Más quizá de la muerte. La mujer enamoró a unos cuantos, sin embargo sigue esperando en la barra del bar que aparezca el macho correcto que la invite un trago y la haga bailar (en la cama).

Siguió un poeta que desde muy temprano, tomaba cervezas rojas, fumaba y escuchaba las historias. Ya alcoholizado quiso subirse al escenario a contar los colores de su mundo. Y los contó de tal manera que varios espectadores se olvidaron de que escuchaban una ficción. El bar teatro zarpó hacía un silencio total, únicamente interrumpido por las voces de sus actores. Los personajes se movían con tanto vértigo que terminó pareciendo un policial, pronto ocurriría un gran golpe, un gran giro, y todos los presentes quedarían involucrados en una escena de crimen. Salvo el señor intelectual que ya se había ido. Utilizando los combustibles fósiles de las historias del joven con Alzheimer y la pelirroja que lo precedió, la ficción por fin había despegado, es decir, sus partes en conjunto tenían cierta dirección. El vuelo sería corto y caótico. Pero al menos se podría decir que todos en aquel teatro intuían lo que ocurriría. Sin saberlo, se habían reunido a celebrarlo.

La que ahora piloteaba la nave subida al escenario era una mujer madura, reservada, con rasgos de gitana o adivina. Se subió a las tablas con seguridad y sin timidez alguna lanzó una serie de preguntas en las que los presentes, y más aún los ausentes, no dejarían de pensar fácilmente.
¿Por qué dejamos que alguien que no nos conoce tenga el poder de causarnos daño? ¿Por qué nos permitimos herir, o que palabras afiladas ajenas nos lastimen?”

Nadie había visto llegar a la gitana al bar. Entró sigilosa en el momento de mayor escándalo. Era extraño que entendiera todo tan bien, pero no creo que los espectadores lo notaran. La obra avanza demasiado rápido para contener respuestas profundas. Sin embargo ella las tenía. ¿Acaso es por los símbolos ambiguos que utilizó en su locución? Preguntas interesantes, que quedaron sin respuesta para los espectadores. No había ningún profesor presente en la sala, nadie se animaría a dar una cátedra en aquel bar de penas y agobios. Nadie lo reprochó al profesor presente, en principio porque todos lo cargaban con ser profesor. Además, el acto de preguntar de la gitana ya era suficientemente generoso. Y probablemente, las respuestas convendrían que fueran personales; cada presente tenía en el silencio una manera distinta de ser elocuente.

En lugar de la academia el escenario fue maltratado por una jueza. Un personalidad que sorprendió incluso al mozo encargado de servir los tragos, el cual estaba acostumbradísimo a los desajustes mentales de la clientela. En este caso, una mujer sobresaliente, con el mentón puntiagudo y los ojos asiáticos, vestida de traje y corbata. Curioso ser. Apuntó con el dedo a los presentes que habían subido al escenario, y les fue disparando de a uno su sentencia. Estaba muy seria, sentada con las piernas cruzadas muy apretadas, parecía que leía una hoja invisible que ya alguien le había escrito. Alguien en la sala hizo una broma, le preguntó cuál era su parentesco con Freud, la jueza disparó contra ese muchacho todo su arsenal. Ella quería escucharlos suplicando clemencia, piedad. Pero ninguno de los presentes se arrepentía, se mantenían erguidos. Se reían, y la aplaudían como si fuera un stand up.

Los espectadores de estos tipos de bares son de lo más resistentes al daño. Uno nunca entra a un bar teatro si no tiene una buena dosis de confianza en sí mismo. Sin embargo nadie puede resistir una serie de balas perforándote el pecho. Más de 40 casquillos de un fusil semiautomático Sig Sauer fueron hallados en aquel piso barnizado de sangre. Cerca de la puerta de salida los cuerpos se amontonaban como bolsas de cemento en una obra de construcción. Una copia barata del “trigal con cuervos” de Van Gogh salpicada por una fina llovizna roja. La pelirroja sobre la barra con la cabellera nunca antes mejor teñida, su monólogo ahora se lo lee como una predicción. El cuaderno rojo del poeta y un cigarrillo de ceniza. Los símbolos de la gitana como una magia profana que maldijo el lugar. La jueza que cayó al piso con la mano apuntando.

Mientras tanto el joven con Alzheimer ya ha llegado a su casa. Sabe que tiene algo que hacer, pero no recuerda exactamente qué. Dentro de su cabeza se le están friendo los sesos como dos hamburguesas sobre la plancha. Toma un vaso de agua y dos pastillas para frenar la insoportable fiebre. Esta envuelto en uno de sus habituales ataques de olvido. Sobre la mesa hay un plato con dos milanesas y una generosa porción de papas fritas que le atraen más que sus problemas de memoria. Al costado de este hay un papel con unas palabras de felicitaciones, escritas en letra muy prolija y firmado por él mismo. Se entristece unos instantes sin saber por qué, quizá porque no entiende la nota, y ni si quiera le preocupa. Deja la mochila sobre una repisa donde que hay unas hojas abrochadas, en la caratula se lee “Proyecto Hidra”. Con mucho más entusiasmo pone las milanesas a calentar en el microondas. Luego de comer hasta saciarse se prepara un té y lee seis capítulos de una novela que descansa sobre la mesita de luz de la pieza. Finalmente se entrega a la cama, duerme de un tirón hasta las nueve y media de la mañana. Sorpresivamente, recuerda un fragmento de un sueño, hace años que no le sucede algo así. Se apura a anotarlo; un hombre adulto, serio, solitario se va de un bar sin saludar a nadie, él lo sigue de cerca por las calles de la ciudad, le llama la atención que el hombre serio nunca voltea para descubrir que lo siguen, ni dobla en ninguna calle, hasta que lo hace y entonces se encuentra otra vez en el bar. El joven con Alzheimer está contento, le parece que recordar un sueño es un signo de notoria mejoría para su enfermedad. Baja al almacén a comprar leche y ya entonces le cuentan que algo terrible ha pasado. Compra el periódico para saber más. La noticia es sobre un loco que propició una masacre en un bar teatro cerca. Nunca recordará que él debía estar en el teatro esa noche. Su memoria nunca lo culpara de ser el responsable.

FIN.


PASE a Suzy Resendiz para que confeccione un fragmento extra para conocer en detalle la historia del asesino. (https://www.wattpad.com/user/SuzyResendiz)

Gracias a todos por participar y seguir este carrusel de desquicio hasta el final de las consecuencias. 

viernes, 9 de septiembre de 2016

Ese cuaderno lleno de historias vergonzosas

RADAR 1992 es una confesión abierta atrás de otra. Es un amigo borracho que te dice las cosas como son y al otro día no se acuerda de nada. A veces yo hago de borracho, otras soy el amigo que solo escucha sus comentarios, otras simplemente estamos en silencio. Nos gusta decir algo cuando lo sentimos, no lo hacemos porque sí (de esos está lleno). Pero siempre, incluso en los silencios, estamos cerca, hay una intimidad única. Y no pienso dejarla de lado. RADAR va ser siempre ese cuaderno de la secundaria que incluye declaraciones de principios, relatos de mi infancia, enojos con el mundo, cartas de amor y cosas vergonzosas varias. Siempre con el humor de un adolescente que no sabe si estudiar o dedicarse a trabajar y fumar porro en el patio de la casa de sus padres.

Todo este manifiesto viene a raíz de que he empezado algunos proyectos literarios en otra plataforma. Y no tardaron en llegar algunos comentarios de si había abandonado el blog. Jamás. Jamás. Simplemente me han faltado los temas, y el tiempo se ha ido en esos otros proyectos que en breve les contaré.

Sé que algunos no me leen fuera de este blog, y está bien, de hecho, les cuento un secreto pero no se lo digan a nadie; ustedes son mis lectores favoritos porque sus comentarios van directo sobre mi vida real. El resto es literatura. Dicho esto, les confieso que aún siento un poco de culpa, como el gordo que se robó una milanesa en aquel viejo programa para bajar de peso. Así que quiero dejar claro esto: voy a escribir en RADAR hasta el día que me muera.

También estoy por fuera del blog, pero eso no es nuevo, ya lo estaba antes en revistas y periódicos. Ahora estoy en otro medio digital. No es motivo para enojarse, simplemente es más ordenado llevar los capítulos de las novelas. Y la poesía, salvo raras excepciones, es un género que no me gusta publicar en el blog. Simplemente no quiero ser el blog poético que tanto odio. Verán alguna poesía por ahí, pero es menos frecuente que la prosa directa y frontal.

Perdón por mi salida, sé que la mayoría no pide estas explicaciones. Lo hago por esa minoría que me escribió y siento que pueden haberse sentido defraudadas. O quizá me hacía falta decirlo en voz alta, junto a ustedes, y que me digan que les parece. Como siempre me han ayudado, no sería raro que en esta ocasión lo vuelvan a hacer.

Paso ahora a explicarles en pocas oraciones mis proyectos en Wattpad.

1. Hace unas semanas se me rompió el celular. Ese simple hecho, sumado a que no fui a comprar otro inmediatamente, tuvo varias repercusiones en mi vida. Entre ellos menciono dos de importancia: el primero es que mi saliente me dejó por alguien con celular, la segunda es que volví a escribir poesía. El regreso a la poesía puede ser efecto de la ruptura con esta chica, pero en todo caso eso fue un efecto de la ruptura del celular. Así que de todas formas la ausencia del celular tiene un peso relevante en mi regreso a las canchas. El resultado de unas cuantas tardes escribiendo ha sido un proyecto de libro de poemas que se llama MI RADAR (sí, es una palabra que me gusta bastante, siento que tiene un montón de mensajes cifrados y apenas conozco unos pocos).

Pueden leer el libro hasta donde está construido acá (lo modifico a diario): https://www.wattpad.com/story/82996003-mi-radar

2. "Un bárbaro en Japón" ese es el nombre que le he dado, quizá de manera provisoria, quizá de manera definitiva, no lo sé, a las crónicas que escribiré de mi viaje primero por Italia, y luego por Japón. Ese viaje durará tres meses. Tengo trabajos de muchas horas y además la obligación de ir a conocer el mundo asiático, así que veré que tanto pueda escribir sobre la marcha. Probablemente utilice Wattpad como un cuaderno anotador, que luego será ordenado y tamizado.

Hay poco escrito por ahora, todavía no me subí al avión, pero lo verán actualizándose acá: https://www.wattpad.com/story/83666279-un-b%C3%A1rbaro-en-jap%C3%B3n

3. Finalmente el proyecto de digitalizar mi novela "El rey zorzal". Una deuda que tenía hace tiempo y que ahora ha empezado a ser saldada. De a poco, en cuotas larguísimas. Consideren todo lo que esta en juego y agreguen ahora corregir una novela (claro, voy a hacer unos ajustes ya que estamos, además luego será republicada en formato físico).

En el primer post de este blog prometí subir mis obras y difundirlas gratuitamente, esta novela viene a saldar esa deuda: https://www.wattpad.com/story/84119637-el-rey-zorzal


Perdonen la demora si no se actualiza a la velocidad de los precios de la nafta, recuerden que soy uno solo, no tengo ghostwritters ni los pienso tener, le dejo eso a King y su séquito de empresarios.

Ya me siento mucho mejor. Ahora puedo subir al avión tranquilo.

viernes, 19 de agosto de 2016

El día que murió mi mejor lector


Estaba en horario laboral; respondía correos y tomaba mates. Enviaba muchos agradecimientos y excusas de porque no iba a poder ir a cierto evento. Copiaba y pegaba respuestas, firmaba siempre como Leticia Guzmán, mi secretaria personal. Ella apareció justo el día después que fui a buscar a Buenos Aires el premio de un concurso. Pensé que sería interesante decir algunas palabras de agradecimiento y dejar mi correo personal, no sabía que con ese acto entraba en el círculo de los buenos modales, del cual cuesta salirse si es uno el que habla. Al otro día Leticia Guzmán quería trabajo como secretaria, le hice algunas preguntas y ella consiguió enseguida el puesto. Tenía la única cualidad que necesitaba: celos de todas las personas que me reducían las horas para escribir. Y también que era algo dictadora; las mejores palabras para ella eran Gracias y No. Casi siempre iban juntas. Ayer Leticia fue despedida, ni si quiera tuve que decírselo, ella se fue sola cuando vio mi ataque de llantos frente a la pantalla. Supo al instante que no necesitaría más de sus servicios, que desde ese momento me encargaría yo mismo de responder.

En abril del 2003 abrí un blog literario. Durante muchísimo tiempo en el primer post hubo un solo comentario. Santiago Xan escribió un domingo el único comentario público que me escribiría en toda su vida. Y era breve, quizá por eso lo recuerdo exactamente: “Desde España, un abrazo, te sigo.” Nunca volvió a escribirme públicamente, sin embargo yo sabía que me leía. A las pocas horas de que yo posteara algo, había indefectiblemente un Me encanta. Incluso en las poesías más horribles él estaba presente en ese botón. Hasta en mis experimentos más raros, que supieron generar varios odios, me enviaba con disciplina de militar su apoyo. Yo siempre supe gracias a él que alguien en el mundo me leía con aprecio.

Los años pasaron y una mala mañana del 2005 cerré ese blog para concentrarme en un trabajo que le diera de comer a mis fantasías y deseos materiales. Tuve un auto, viví en una casa solo, me acosté con más mujeres que nunca. Pero siempre me acompañó una sombra vacía, que me advertía estar en una vida que no me correspondía. La sombra empezó a ocupar cada vez más espacio, hasta que en una de esas noches, en una silenciosa soledad húmeda empecé a escribir un libro sobre ella. Casi me había olvidado lo mucho que necesitaba de escribir para vivir. Aún consciente de esa necesidad me llevó tiempo darme cuenta que debía elegir. Pero yo todavía era muy joven y me había acostumbrado al dinero. Durante dos años seguí trabajando en el periódico por las mañanas, mientras que a la tarde me dedicaba a escribir. Y publicaba bajo distintos seudónimos, en diversos blogs y revistas.

En ese periodo nació Leticia. La mujer maravilla que me ayudaba a llevar esa vida doble sin morir de un infarto. Unos meses más tarde llegó un email de un lector que decía conocer al autor de uno de los cuentos que se habían publicado en el blog. Leticia le preguntó por qué pensaba eso. El lector respondió adjuntando un archivo de Word con mi nombre y apellido, en el cuerpo del mensaje escribió, “El autor del cuento adjuntado es amigo mío, el escritor de este blog lo está plagiando”. Leticia no supo qué hacer y me reenvió el mail.

Descargué el archivo y lo abrí con toda seguridad de que descubriría a un farsante. Estaba equivocado. No solo que el cuento era de mi autoría, de la época de mi primer blog, sino que además había una clara relación entre aquel viejo texto y mi reciente post. En un primer momento esto confirmo mi temor de estar repitiéndome, acaso con mayor complejidad, aunque de inmediato pase a una preocupación más relevante y era que un lector conocía mi verdadera identidad. No solo me había leído sino que también tenía los posts de épocas que yo creía desaparecidos, porque ese blog hace años que no existía, y sin embargo ahí estaba ese lector con un archivo Word. Todo era bastante preocupante, incluso en la hipótesis que solo se tratara de uno de esos lectores tradicionales quienes preferían imprimir los posteos. Pero en verdad lo más desconcertante era que decía ser amigo del autor original, es decir, de mí. Supongo que eso hubiese sido normal para cualquier escritor. Pero yo nunca tuve amigos en mi primer blog, y en la vida en general, principalmente porque vivía enojado, de hecho rara vez tenía comentarios. Cuando estos ocurrían a veces ni si quiera contestaba, la mayoría sólo querían discutir, querían probar lo ilimitado de mi odio.

Encantado por el enigma que representaba ese email encendí una tuca rancia (en ese tiempo creía que fumar marihuana me ayudaba a recordar más nítidamente). Y empecé a pensar en quién podía estar del otro lado del mail. Me deje llevar por la palabra amigo, que invariablemente esconde algún secreto. De las más añejas bodegas de mi memoria saqué un nombre de la primaria. Se llamaba Santiago, un chico flaquito, tímido y con disposición a ponerse nervioso. Había sido uno de mis pocos amigos durante primer grado. Mientras la masa de niños y niñas jugaban al fútbol o la atrapadita nosotros cruzábamos a la secundaria y recorríamos el laboratorio de biología, jugábamos con los huesos de aquel humano disecado y poníamos nombres a los animales en formol. Un viernes nos colamos en la biblioteca y robamos un libro de cuentos que aún conservo. El lunes siguiente yo lleve el libro para leer un cuento fantástico que había encontrado. Pero Santiago no fue. Al principio pensé que estaba enfermo. Varios días más lleve el libro de cuentos. Pasaron meses mientras esperaba que apareciera. Lloré bastante hasta aceptar que nunca lo volvería a ver. Me dolió no poder despedirme, quedarme todo ese tiempo esperando, leyendo un libro de cuentos en soledad.

Ya resaqueado de faso, con necesidad de unir mis asociaciones dispersas, mi mente se acordó de golpe de la coincidencia que ya han leído; muchos años atrás aquel primer comentario en mi blog era de un usuario llamado Santiago Xan.  

Ansioso, como quien está sentado en un baño público cagando y se encuentra en falta de papel higiénico, e inocente, como un niño optimista que no quiere que sus padres se divorcien, escribí un mensaje confesando que efectivamente yo era aquel que escribió el cuento, y por ende, su amigo.
Él nunca volvió a escribir. Desde esa tarde, yo sentí otra vez que en mi blog había un lector que ponía Me encanta a los pocos minutos de una publicación.

¿Era posible que Santiago Xan fuera mi compañero de la primaria?
Sí, ¿pero qué tan posible era?
Ínfimamente.
¿Había dejado de ir al colegio porque se mudó a España? ¿Por qué nunca me lo había dicho? ¿Tendría todavía culpa de aquel día de nuestra infancia?

Le escribí cientos de preguntas que se apretaban en mi cabeza exigiendo respuestas que no llegaban. Viví un tiempo en ese caos doloroso de la incertidumbre. Me maldecí muchas tardes por responder apresurado aquel email. Escribí algunos cuentos sobre la amistad, intenté que se sintiera cómodo y no tuviera culpa. Quizá así con el tiempo obtendría alguna respuesta. Esperé su comentario, su regreso. Pero nada cambió. De a poco los años me volvieron a llevar a mi receta para ser feliz. Me fui olvidando.

Hasta hoy no pensé que mis preguntas tendrían respuesta.

Leticia respondía mensajes y tomaba mates, naturalmente nada parecía que rompería ese círculo de la rutina. Hasta que otro email ingresó. Eran los padres de Santiago con la noticia del fallecimiento de su hijo. Lloré con hipo y mocos, y la culpa de por vergüenza nunca haberle dicho que lo extrañaba. Sentí que aquel llanto era el mismo de mi infancia, que nunca paro, el que todavía ahora no quiere secarse. Me adjuntaban una carta que me había escrito Santiago y que no pude leer de inmediato por lo nublada que tenía la vista. Pese a la belleza que contienen sus palabras, he decidido no publicar la carta. Porque nunca fue su intención ser público, sin embargo le debía esta historia. Simplemente tampoco podía elegir no escribirla. Tenía que tener su lugar, como siempre tuvieron lugar sus silenciosos Me encanta, que ahora voy a extrañar como la única forma de abrazar que tenía.

jueves, 18 de agosto de 2016

Poesía abierta a Donald Trump


Los payasos están de moda.
Se ven lejos de su hogar,
y nacen fuera de los circos.
En Youtube hay miles,
Hollywood tiene su propia galería,
se ven en los medios,
hasta llegan a presidentes.

¿En qué momento se impusieron?
¿Fue de a poco,
como crece un niño enfermo,
 o de golpe,
como surge una carcajada?

Debió ser lentamente,
mientras nos alejábamos de la vida,
al maestro Chaplin le parecía esto;
si ves la vida de cerca es una tragedia,
si la ves de lejos es una comedia.
Charles nos hacía reír en serio;
de temas serios, y con argumentos serios,
además de con talento, por supuesto.

Ahora la burla es risa,
como la que provoca un payaso
a un niño de seis años.

Por mucho tiempo Les Luthiers enseñó
como hacer humor,
y quizá un humorista así sería buen político,
(si lo dejaran entrar a una reunión,
pronto compartiría enemigos con el pueblo)
pero ahora vale dividir,
la distancia entre humor y diversión es abismal,
¿Cómo puede usted no verla?
Un humorista nunca elegiría ser político,
sabe que solo de lejos se aprecia la comedia.
En cambio, un payaso siempre está en la escena principal,
hace malabares y juega con fuego,
listo para exagerar cuando la desgracia otorgue.
En materia de entender esta diferencia,
el yankee lleva un poco de ventaja,
tiene a los payasos bien identificados,
y lejos de sus humoristas (especies en peligro de extinción). 
Al payaso americano nosotros le decimos guasón,
es un loco simpático y atrevido,
que te invita a la guerra como si fuera una boda,
el tío Tom es su payaso mejor pago,
después sigue el millonario de las hamburguesas.
El joker de batman es el más simbólico,
padre de toda una generación de mentes,
engañadas y estafadas,
sobre lo qué significa ser valiente.

Aunque a todos les cause curiosidad la locura,
pocos se adentran en ella,
y menos aún soportan el precio que cobra:
la soledad.
Si pagaran ese precio verían con claridad
la distancia entre el humor y la diversión;
una fosa donde no vuelan mariposas,
solo estatuas absurdas de los humanos,
esparcidas por un jardín hecho para perderse,
sabrían el peligro de dar poder a un payaso.
Quizá entonces,
a alguien de nombre Donald Trump,
solo le comprarían una entrada al circo.

miércoles, 17 de agosto de 2016

"Mi experiencia con el Japón" por Jorge Luis Borges

En el presente post queda inaugurada esta nueva categoría que voy a llamar Conferencias, donde podrán leer algunas maravillas que los genios de la humanidad ya han dicho sobre las cosas y el mundo. Será una categoría de pocos posteos que marquen hitos dentro de la vida de Radar, como esas reuniones de amigos de la primaria que ocurren una vez cada varios años... Mi reciente viaje a Japón ha inspirado el primer post. Como no empezar con el maestro de los maestros.



"Mi experiencia con el Japón" 
por Jorge Luis Borges.
 
Conferencia pronunciada el 8 de julio de 1985 en la sala Promúsica de Buenos Aires

"Señoras, señores:

Un amigo mío, el gran escritor belga Henri Michaux, escribió un libro titulado Un bárbaro en Asia. Yo lo traduje al castellano y me llevó largo tiempo comprender que era irónico el título. El contaba sus experiencias en la China y la India. Pero lo repito ahora con este candor, con toda inocencia, porque yo también me he sentido un bárbaro en el Asia, concretamente en el Japón. Eso no me ha entristecido. El hecho de compartir de algún modo una cultura que me parece harto más compleja que la nuestra, me alegró. Yo he pensado muchas veces: qué importa que yo sea desdichado si alguien es feliz, qué importa que yo sea desdichado si existe la felicidad, qué importa que yo sea relativamente un bárbaro si existe la cultura.

Pasé aquella temporada en Japón, donde me sentía continuamente agradecido, continuamente atónito, continuamente indigno de lo que yo podía ver a través de mi ignorancia y de mi ceguera. Yo voy a empezar con un mínimo ejemplo; espero que ustedes me hagan preguntas después. Yo no podré resolver ningún enigma, ya que el Japón es un enigma para mí. Pero un enigma que puede ser encantador. Por ejemplo, si tomamos los versos de Jaimes Freyre, que suelo recordar siempre: "Peregrina paloma imaginaria / que enardece entre los últimos amores / alma de luz de música y de flores / peregrina paloma imaginaria;" o aquel verso del famoso poeta irlandés William Butler Yeats, nos preguntamos qué quieren decir y no sabemos, pero eso es lo de menos, notamos que hay un enigma y ese enigma nos encanta.

Yo de algún modo me he ido preparando para esa sorpresa casi total que es el Japón. Mi primer encuentro con Japón fue con una pantalla japonesa que había en casa, la que, me di cuenta, era apócrifa. Luego con un libro: Tales of Old Japan. Desgraciadamente me he olvidado de los argumentos de esos cuentos de hadas pero recuerdo las ilustraciones, unos demonios verdes, debidamente demoníacos, debidamente japoneses. Recuerdo esas ilustraciones como si estuviera viéndolas. Es un poco triste reflexionar que uno lee un libro y lo que queda es que estaba encuadernado de verde, que estaba en tal o cual anaquel y que lo demás se ha ido o no se ha ido, quizá lo hayamos incorporado. De Quincey creía que la memoria era perfecta y comparó el cerebro humano con un palimpsesto. La memoria va siendo una pila infinita de palimpsestos, uno encima de otro, pero nada se pierde. Un estímulo y de pronto uno recuerda algo. Todo está en la memoria. De modo que algo de aquellos cuentos queda en mí.

Luego, mi otro encuentro con Japón fue cuando leí libros de Lafcadio Hearn, en cuya casa estuve. Me impresionaron mucho, sobre todo uno con hermoso título: Some Chinese Ghosts (Algunos fantasmas chinos). Creo que la fuerza está en la palabra some, "algunos", pues Chinese Ghosts no tiene por qué impresionarnos. Algunos los vuelve más precisos y a la vez más lejanos.

Un discípulo de María Kodama, japonés, a quien le había enseñado castellano, me preguntó cierta vez si no tenía interés en ir a Japón, y yo le contesté que no estaba totalmente loco, que naturalmente que sí, y pensé que había dicho eso para llenar un hueco. Pero al cabo de unos meses llegó una invitación de la Japan Foundation, y nos ofrecieron aquello que yo había creído increíble: un viaje al Japón. Fuimos María Kodama y yo. Pero ella tiene jóvenes ojos, una joven memoria; en cambio yo, viejos ojos ciegos; mi memoria es pobre, pero traté de no ser indigno de aquel viaje. Visitamos siete ciudades. Yo he escrito un libro con Alicia Jurado titulado Qué es el budismo; había un capítulo sobre budismo zen, una de la sectas típicas del Japón. Siempre me interesó el budismo, que es una religión que no exige de nosotros ninguna mitología; las otras religiones exigen mitología. Por ejemplo, el cristianismo nos exige la creencia en una divinidad que se hace hombre, tenemos que creer en premios y castigos. Pero el budismo no nos exige ninguna mitología y la permite también. Una prueba de tolerancia, que es una de las virtudes del Japón, es el hecho de que hay dos religiones oficiales. Una es el shinto, una suerte de panteísmo; creo que hay ocho millones de dioses, lo cual para nosotros es casi infinito y el infinito se parece bastante a cero. Creo que el Emperador profesa la fe del Buda y el shinto. Si además de eso un japonés quiere convertirse a cualquiera de la sectas cristianas, puede, ya que se considera que todas son facetas de la misma verdad.

Nuestro viaje se había organizado un poco alrededor de ese mísero librejo de Alicia Jurado y mío que había sido vertido al japonés; sin duda, quienes lo tradujeron sabían mucho más que nosotros sobre el tema. Les interesaba saber qué podía pensar un occidental, un mero bárbaro, de la fe del Buda, y así pudimos visitar ciudades, ríos, santuarios, monasterios, jardines. Yo pude conversar con un monje de un monasterio budista. Este muchacho, de unos treinta años, había estado dos veces en Nirvana; me dijo que él no podía explicármelo, y yo le entendí. Toda palabra presupone una experiencia compartida. Si yo digo "amarillo", se entiende que el interlocutor ha visto el color amarillo. Si no lo ha visto, la palabra es inútil. Bien, él no podía explicarme nada porque yo no había alcanzado el Nirvana. Me dijo que después de esa experiencia, le acontecían las mismas cosas que al resto de los hombres, sin excluir el dolor físico, el placer físico, la soledad, la incertidumbre y por qué no, el dolor, la traición; todo eso le es dado con no menos generosidad que a los otros hombres. Pero como él había estado en Nirvana sentía todo eso de un modo distinto, de un modo que no podía explicarme. El podía hablar de eso con otro monje en un monasterio lejano; cuando se encontraban podían hablar de esa experiencia, pero yo estaba excluido.

Bueno, he usado hace un rato, la palabra jardín. Hay un admirable jardín japonés aquí en Palermo que ha sido donado por el gobierno japonés, pero ya me doy cuenta de que usar la palabra, el concepto jardín es distinto al nuestro. Hay páginas de Chesterton en que habla de "amplios y ociosos jardines". Si uno piensa en los jardines como un lugar donde uno se pierde (hay jardines en Inglaterra como laberintos), piensa en el jardín como un lugar donde errar; en cambio, si no me equivoco, los jardines japoneses están hechos más bien como espectáculos, están hechos sobre todo para la vista, y hay uno, cuyo nombre he olvidado, en el cual no se entra, se lo ve desde afuera; creo que hay cinco piedras. En el jardín japonés la piedra es un elemento constante, de igual modo que el agua y las plantas. Creo que son cinco piedras pero uno sólo puede ver cuatro a un tiempo. El jardín como espectáculo o como una serie de espectáculos. El hecho es que uno no abarca nunca la totalidad del jardín, uno ve hasta cierto punto; cuando uno llega a ese punto hay un desvío, aparece algo imprevisto, puede ser un arroyo, un puente, un pabellón, otro desvío; y así el jardín es una serie de espectáculos. Pero puedo equivocarme en esto.

Desde luego a mí me había interesado la literatura japonesa. Yo he leído sobre todo las versiones de Arthur Waley, la versión de Genji Monogatari de Murasaki Shikibu, y la poesía japonesa. Ya en esa poesía pude apreciar una diferencia. Porque nosotros pensamos sobre todo en largos poemas, en La Divina Comedia, en el Paraíso Perdido, en La Odisea, en La Eneida, en canciones de gesta medievales. En cambio, la poesía japonesa empezó, si es que los estudios de literatura no nos engañan, por poesías relativamente breves, de cincuenta a sesenta versos, pero luego se sintió que eran demasiado largos y se llegó a la tanka, que consta de treinta y una sílabas, en versos de 5-7-5 sílabas, y luego vendría a ser el alejandrino: 7-7. Para nosotros las treinta y una sílabas nos parecen muy breves, en cambio para los japoneses eso fue demasiado largo, y les llevó a crear el haiku, especie de joya de diecisiete palabras: 5-7-5.

El fin de los poemas es apreciar un instante precioso. Un haiku bien hecho tiene que cumplir una mención de una de las estaciones del año. Creo que hay libros en los cuales hay por ejemplo cincuenta maneras de indicar el otoño, cincuenta maneras de indicar el estío, o lo que fuere. Uno puede repetir una de esas fórmulas y no importa, porque no hay la idea de plagio. El autor tiene que tratar de hacer algo bello. Si eso bello no es enteramente original no importa. Bueno, yo he intentado con escaso éxito el haiku. En algún libro mío hay diecisiete haiku, pero no sé si lo he logrado. Pero para qué recordar lo que se ha hecho en castellano. Prefiero rcordar un famoso haiku que dice así: "El viejo estanque / salta una rana / ruido del agua". Son 5-7-5 sílabas. Hay otro que a mí me parece mejor pero que es menos famoso y que vuelve ahora a mi memoria: "Sobre / la gran campana de bronce / se ha posado una mariposa". En ambos haiku no hay metáfora, no se compara una cosa con otra. Es como si los japoneses sintieran que cada cosa es única. La metáfora es una pequeña operación mágica. Hablamos por ejemplo del tiempo y lo comparamos con un río, hablamos de las estrellas y las comparamos con ojos, la muerte con el sueño. En la poesía japonesa se busca el contraste. Vemos el contraste entre la perdurable campana y la mariposa efímera.

Estando en Japón ya sentía continuamente la cortesía, que solía tomar la forma del silencio. Entramos en un teatro para asistir a una representación de no y yo pensaba que en la sala no había nadie, pero sin embargo estaba llena de gente, pero nadie alzaba la voz. Luego otro rasgo curioso es que el interlocutor siempre tiene razón. Yo recuerdo que visitamos el santuario del Buda en Nara, me dijeron que el rostro era terrible. El edificio era de madera, quizá el edificio de madera más antiguo del mundo. El Buda está sentado sobre una flor de loto. Hay una escalera por donde uno puede llegar a tocar los pétalos de la flor y uno sabe que más allá continúa el Buda de rostro terrible; me dijeron que la cabeza del Buda casi toca el techo de la cúpula. Vimos aquello y alguien al salir preguntó si la imagen del Buda era de madera. Un sacerdote que dominaba el inglés contestó: "Sí, es de madera". Dejó pasar el tiempo y otro preguntó al mismo sacerdote: "¿De qué está hecha la imagen del Buda?" El sacerdote, sin contradecirlo, sin ofenderlo, pudo decir: "De bronce, señor". Todo eso corresponde a un modo muy complejo. A un mundo de buenos modales, a un mundo de gente educada, culta, y eso para mí, que era un bárbaro en Asia, me sorprendió.

Ahora veamos por ejemplo la historia reciente del Japón. Japón sufrió una derrota terrible, la aceptaron. No hubo ninguna hipocresía y sin modificar sus estructuras, sin perder su reverencia al emperador, el país resolvió cambiar, aceptar ese mecanismo occidental que los había destruido, y ahora se da este hecho increíble para nosotros. El hecho increíble es que Japón ahora posee dos culturas: su cultura oriental y la cultura occidental. A ésta, la ejercen mejor que los occidentales, a juzgar por las máquinas que se fabrican en Japón que son más evolucionadas, más refinadas y más elegantes también, porque el sentido estético del Japón perdura. Así el Japón ha ido recibiendo influencias. Por ejemplo, cuando se habla de China, a pesar de las diferencias políticas, se habla con una reverencia filial. Yo pienso que la introducción de los kanji, del budismo, tiene que haber sido para ellos una revolución no menos grande que la revolución actual de la cultura occidental que ellos han aceptado. Son ciento veinte millones de hombres que están ejerciendo dos culturas. Lo hacen sin lamentos, sin una elegía. Ellos han adquirido algo más, ellos han visto en esa derrota una secreta victoria.

He estado tratando de saber algo de japonés. Por ejemplo, nosotros contamos uno, dos, tres, cuatro, cinco y usamos las mismas palabras para cualquier cosa. Decimos "un" y lo que viene después puede ser un ancla, un ángel, un sol, lo que fuere. Pero en japonés creo que hay nueve modos de contar las cosas, y las palabras varían también según los números. Por ejemplo hay un sistema que sirve para contar cosas largas y cilíndricas; este bastón o un lápiz o un taco de billar. Hay otro para contar animales chicos o grandes. Todo eso me ayuda a comprender la brevedad de la poesía japonesa. Me dicen que no es algo que atañe a unos pocos. No, todo el mundo versifica. Creo que por año se escriben un millón de haiku; los escribe un campesino, un obrero, el Emperador, y si buscan ese límite es porque sin duda tienen un idioma más complejo que el nuestro. Yo sospecho que el japonés es a nuestras lenguas occidentales lo que nuestras lenguas son al guaraní o al quechua. Es más complejo. Una prueba de ello es que buscan formas breves porque saben que el idioma les permite hacer poemas admirables de diecisiete sílabas. Ellos se han impuesto esto porque sin duda saben que pueden hacerlo. He empezado a estudiar ese idioma que no sabré nunca, pero es algo así como si supiera que algo es inmortal, que de algún modo seguiré estudiando japonés después de mi muerte corporal. ¿Por qué no creer en la transmigración, que es algo que en los países orientales no se trata de explicar?"

lunes, 15 de agosto de 2016

Japón, segundos afuera

Con los pasajes a Japón en la mano hay una sensación dividida dentro de mí: siento que una curiosidad tirana me domina. De un lado se parece al deseo de un niño de explorar un jardín y encontrar un monstruo entre los árboles. Un deseo de dimensiones inacabadas, con la fuerza de destruirse a si mismo. Lejos de esos deseos enmohecidos de los adultos que apenas si alcanzan para moverlos del confort de lo cotidiano. 

Por otro lado siento miedo. Una voz pesimista que susurra pronósticos desde las tinieblas, y que de a momentos llegan a las capas más altas de mi cabeza y se instalan como circunstancias demasiado posibles. 

Se está haciendo algo difícil escribir sobre el viaje, en principio porque todavía no salí de casa, es decir, están los pasajes, los planes sobre el mapa, la mochila casi terminada, los deseos y también los miedos. Pero aún falta subirse al avión, llegar al primer aeropuerto, no entender nada y empezar a resolver con lo que tenga a disposición. Sin embargo estas dos sensaciones están cansadas de esperar y han decidido empezar a boxear antes de que llegue el día. Ya están enfrentadas en sus rincones, mirándose fijo a los ojos, como dos boxeadores profesionales; uno viejo y sabio, el miedo, el otro joven e ingenuo, los sueños. Las apuestas de la pelea están parejas; los dos pesan parecido, por puntos lleva apenas una leve ventaja los sueños, si la pelea es larga los sueños saben que pueden ganar por cansancio al viejo mañoso de los miedos. Pero el miedo esta paciente, lanza algunos bifes al aire para mostrar poderío, escucha atento los consejos de su entrenador, la muerte, este le dice que la realidad va estar más de su lado, que le saque tema a los sueños. Y entonces los miedos empiezan a soltar preguntas al aire. Sobre el idioma por ejemplo. ¿Sabes japonés? pregunta en tono retórico el miedo. Los sueños giran la cara hacia el suelo, brincan sobre sus piernas y disparan que saben hablar inglés.

- Un poco de inglés – contesta el miedo.
- Me doy a entender, sobreviví en Londres.
- Sí, esta bien pero ya te olvidaste lo que te costo.
- Que se yo, vos estas viejo, tenes miedos. Me recordás a mi padre, encerrado. 
 - El todavía está vivo.
- Vos tenes miedo a la muerte, ¿te das cuenta?
- No me digas. Para eso existo.
- Tranquilo, voy a volver vivo.
- ¿Cómo lo sabes? ¿Tan seguro estás?
- Es la primera vez que voy sin un mango, te lo concedo. 
- Y son muchos meses - interrumpe el miedo con un golpe a la barbilla de los sueños. 
- Pero también es la primera vez que llevo la cabeza limpia. Soy consciente de lo que soy capaz.
- Como el idioma...
- Puedo hablar hasta con señas, puedo usar un traductor, puedo mostrar un video en Youtube. La tecnología esta de mi lado.

De afuera se escucha un grito que deja el ring en un silencio mortal. En el boxeo se conoce como Segundos afuera cuando solo quedan los dos contrincantes frente a frente y el árbitro, al que no le actualizaron que hoy se peleaba. 

Uno que se pasa investigando las cosas sabe que allá en Japón hay doce horas más, por lo que el duelo ya debe haber empezado en tierra nipona. Claro que en el plano lógico de la imaginación es más posible ver una lucha de sumo. Entonces queres llamar por teléfono a tu otro yo, el que vive en el país antípoda y está a punto de subirse a un avión para venir a Argentina, para preguntarle cómo va el duelo. Aunque en realidad, y quizá él no lo sabe, esta mil veces más jodido que vos. A ese le queres preguntar cómo va el duelo. A ver si vos te subís al avión o no. Pero no tenes el número, hay que ir allá para conocerlo y pedírselo. Entonces miras a la mochila, que todavía está vacía, los sueños empiezan a enviar una señal al cerebro, algún químico para desactivar el frío que tienen las ideas más optimistas, y de a golpe te pones de pie, y sentís que el miedo se acaba de paralizar.
Salís del nerviosismo y la histeria. Y buscas esas pocas cosas que vas a necesitar durante todo el viaje. La experiencia te repite que viajes liviano. Pero por más liviano que vayas no te vas a olvidar nunca de llevar en la billetera unas fotos de las personas que te esperan acá. Y bueno, los mapas, el diccionario, algunos libros también, una libreta y el silbato de árbitro.

jueves, 11 de agosto de 2016

La cura contra la depresión

Estuve a pocos milímetros de ingresar a una depresión. En este preciso momento la estoy viendo directo a los ojos, pero con mucho respeto, y ella también me mira con respeto, nos conocemos de otras veces, sé porque ha vuelto, sé porque nunca se fue del todo, sabe porque no ha ganado. Ella sabe que tuvo todas las de ganar, ya empezaba a mostrarme como serían mis próximos textos, intentaba vencerme, quería que escuchara las cosas asquerosas, oscuras y perversas que me haría escribir. Pero aún tenía una esperanza porque no había cruzado el cuerpo entero a su terreno. Es cierto que todavía estoy muy cerca, quizá más cerca que nunca, hasta puedo oler sus malditos planes, pero también estoy a tiempo de tomar distancia y lanzarla lejos. Por eso estoy escribiendo en plena madrugada. No quiero irme a dormir sin haber dicho todo lo que debo decir. Luego dependerá de otros, el monstruo será también tuyo.

Habrán notado que en los últimos meses mi estilo ha cambiado mucho, como esos amigos que no vemos desde la primaria y un día nos encontramos repentinamente en la fila del banco. He intentado poner en mis textos una serie de alegrías y risas que no me son del todo naturales. Lo hice con la esperanza de que el monstruo se alejaría y dejaría así a mi imaginación en paz. Pero este no ha desistido de invadir también este lugar, y ahora debo hablarle de forma directa, o quizá termine por conquistarme. Si así ocurriera, es probable que en el futuro no puedan reconocerme.

Todavía siento culpa. Existieron algunos indicios de que me acercaba hacia la guarida del monstruo, pero no los percibí a tiempo y tuvieron su costo. La muerte de miperra fue un duro golpe. En ese exacto momento supe que una crisis había tocado lo más hondo de mi ser. De inmediato siguió un texto difícil, el más complejo de los últimos que he publicado, un soliloquio desquiciante de un personaje que se para ante un público inexistente a contar la tragedia de su vida. La historia de una pérdida atrás de otra, un esfuerzo de salvar mi alma de la victimización, creándole una posibilidad aún peor que la mía. ¿Qué puede ser más frustrante que declararse loco en soledad? Los próximos textos que escribiría serían todos llamados a la ayuda. Bengalas y fuegos que encendí en una noche larga en las costas de mi isla, con la esperanza remota de que por algún motivo aprendiera a rescatarme a mí mismo.

Y entonces ocurrió que en el horizonte apareció una gran embarcación. Estaba frenada y muy lejos de mí, era imposible que me vieran. Sin embargo hubo un bote que se acercó. Una pequeñísima flota navegada solo por un hombre, un brasilero, que desembarcó en mi isla. Carlos Drummond de Andrade. Su cara me recordó la de otro hombre que hablaba la lengua portuguesa y que también navegaba en una barca buscando islas desconocidas. A continuación, les repito las palabras que supo decirme el curandero brasilero. Lamento no haber visto que otros escritores y lectores desparramaran estas palabras de sabiduría porque sé que ellos también fueron visitados por el poeta. Ni si quiera un periodista repartió el mensaje. Mi temor se hizo concreto en todas esas faltas; el monstruo ya está dominando a la mayoría. Debemos hacer énfasis en la distribución de la cura; repartirla en los hoteles, regalarla en los falsos espejos de facebook, lanzarla como abrazos en las calles o en las filas del supermercado, esparcirla como semillas en la tierra, tomarla con el desayuno, llevarla al trabajo con nosotros, dormir y despertar con ella. Una de las curas, la que me enseñó Drummond apenas desembarcó en mi isla, es la siguiente. Sé que les servirá porque a mí me salvó. 

Pertenezco a mi clase y a algunas ropas,
voy de blanco por las calles sucias.
Melancolías, mercaderías me acechan.
¿Debo seguir hasta la náusea?
¿Puedo rebelarme sin armas?

Ojos turbios en el reloj de la tarde:
no, no ha llegado el tiempo de completa justicia.
El tiempo aún es de heces, malos poemas, alucinaciones
y espera.

El tiempo pobre y el poeta pobre
se funden en un mismo impasse.
En vano intento explicarme. Los muros son sordos.
Bajo la piel de las palabras hay cifras y códigos.
El sol consuela a los enfermos y no los restablece.
Las cosas. ¡Qué tristes son las cosas, consideradas sin
énfasis!

Vomitar este tedio sobre la ciudad.
Cuarenta años y ningún problema
resuelto, ni siquiera ubicado.
Ninguna carta escrita ni recibida.

Todos los hombres vuelven a casa.
Son menos libres pero llevan periódicos
y deletrean el mundo, sabiendo que lo pierden.

Crímenes de la tierra, ¿cómo perdonarlos?
Tomé parte en muchos y otros oculté.
Algunos vi bellos, fueron publicados.
Crímenes suaves que ayudan a vivir.
Ración diaria de engaño distribuida en casa.
Los feroces panaderos del mal.
Los feroces lecheros del mal.

Prender fuego a todo, incluso a mí.
Al joven de 1918 lo llamaban anarquista.
Sin embargo mi odio es lo mejor de mí.
Con él me salvo:
a casi nadie doy una esperanza mínima.

¡Una flor ha nacido en la calle!
Pasan de largo, camiones, omnibuses, ríos de acero del
tránsito.

Una flor todavía descolorida
elude a la policía: rompe el asfalto.
¡Guarden completo silencio, paralicen los negocios,
aseguro que ha nacido una flor!

Su color no se percibe.
Sus pétalos no se abren.
Su nombre no está en los libros.
Es fea. Pero es realmente una flor.
Me siento en el suelo de la capital del país a las cinco de la tarde
y lentamente acaricio esta forma insegura.
Del lado de las montañas, nubes espesas van
agrandándose.

Una lluvia menuda agita el mar como gallina espantada.
Es fea. Pero es una flor. Ha roto el asfalto, el tedio, la
náusea y el odio.

Formar un consenso

Eran cinco personas de distintas nacionalidades sentadas en la mesa de un bar atípico. Apenas llegó el americano, el coreano que estaba sentado en la punta de la mesa le ofreció con un gesto de respeto su silla. Este la aceptó y sentó su obeso trasero. Pidió una ronda de cervezas negras que el mozo hizo aparecer con alevosa velocidad sobre la mesa. Quizá el mozo, puertorriqueño, sabía de otras veces que si no era veloz se la agarrarían contra él.

-          Vamos a viajar lejos esta vez – dijo el americano.
-          Como usted diga – dijo un inglés flaquito que tenía a su derecha.

El resto de los presentes siguió con atención los movimientos del hombre recién llegado que usó la mano derecha para sacarse un gorro rojo y dejar a la intemperie una cabeza calva y especialmente brillante por la luz cenital de la bombilla.

-          Tenemos dos opciones – dijo el americano– o vamos a las calles y a fuerza de tiros y bombas las declaramos inhabitables, o nos escondemos por un tiempo y esperamos a dar un golpe sorpresa que sea mortal.

El flaquito inglés miró la cerveza en silencio. De él se esperaba una respuesta rápida o el silencio de una misa. Entonces el hombre a lado de este, un gordo belga con barba y ojos tranquilos hablo.

-          ¿Vos qué pensas? – mirando con algo de agresividad al americano.
-          Ir a las calles es lo que venimos haciendo desde el 2001. Pero esta vez las armas se vuelven en nuestra contra, la gente en las calles está a punto de quebrarse, no podemos tironear demasiado o hasta podrían tener la idea de unirse y encontrar alguna esperanza.
-          Entonces ataquemos al más débil para dejar claro que hacen bien en tener miedo al más fuerte– dijo el gordo belga.
-          Sin dudas, ataquemos – dijo el muchacho turco, el más joven de la mesa, que estaba sentado al frente del gordo belga y que parecía decidido a morir esa misma noche.
-          Hay que tener cuidado en esta decisión – dijo el americano – esta puede ser nuestra última decisión o la primera de muchas.
-          Lo mejor es atacar. Pero vos tenes miedo – dijo el otro hombre ruso que había en la mesa y estaba sentado a la izquierda del americano.

El americano le clavó la mirada al gordo de la izquierda. Le miró justo por encima de los ojos una cicatriz que cruzaba horizontalmente toda su frente. No dijo nada. Simplemente lo miro fijo hasta que este volvió a hablar.

-          La gente no está teniendo esta conversación. Ellos ya están armándose, recuperando fuerzas. Nosotros acá, estamos perdiendo tiempo.
-          Ruso, quedate tranquilo, acá nadie pierde tiempo – dijo el coreano que había cedido su silla.

Del interior de su chaqueta de cuero marrón el americano sacó una libreta negra y azul. La abrió en una fecha marcada.

-          El 6 de octubre vamos a desembarcar en Tokyo. Allá nos esperan unos amigos, tienen organizado una demostración, y después cada uno puede ir a sacar provecho por su cuenta del caos. Hasta entonces dejamos claro que nadie va atacar las calles.
-          Te estás equivocando, y yo no me voy a equivocar con vos – dijo el ruso.
-          Y vos estas apresurando el juego – dijo en tono firme el americano.
-          Van más de diez años, no hay lugar para decir que esta apresurado – dijo el joven turco– tenemos que definir un plan hoy y que todos lo cumplan por igual.
-          No atacar, siempre podemos atacar, somos los mejores en eso. Si esperamos ellos van a cometer el error – dictaminó el americano convenciéndose a sí mismo.
-          Ceder la iniciativa nos pone en desventaja, hoy tenemos una mayoría de gente sin liderazgos claros, hay que ser frontales y mortales en el próximo ataque– replicó el ruso.
-          No vamos a encontrar consenso así – dijo en voz baja e insegura el inglés.
-          Podemos aprovechar, a río revuelto ganancia de pescador – dijo en tono elevado el ruso.
-          Vamos a votar – sugirió, demasiado temprano, el más joven de la mesa.

Todos lo miraron extrañados, como si su propuesta fuera demasiado idiota dada las condiciones. La discusión recién empezaba. Todavía no habían tenido lugar los gritos. Sin embargo todos parecieron aceptar que probar con la democracia podía ser la única forma de acabar aquel lío.

-          Empieza entonces – dijo el americano.
-          Creo que debemos atacar.
-          Creo que no debemos atacar porque hacerlo significaría perder hombres y, aunque quizá ganemos, tendremos un resto miserable para dominar las calles, hasta unos pocos pandilleros tendrán el poder de contradecirnos – respondió el americano.
-          Mi apoyo con vos – dijo el inglés de su derecha.
-          Hay que atacar, hoy somos fuertes. Ellos no nos perdonarían, y por eso se están resguardando, tienen miedo de que en cualquier momento les caigan unas balas en su casa. Creen que estamos yendo, y hay que hacer que sus creencias se hagan realidad – dijo el ruso de la izquierda.
-          Si fuéramos a la guerra deberíamos ir todos juntos, pero si no vamos todos juntos lo mejor será retirarnos, en este caso hay que esconderse – dijo el coreano.

Los votos eran tres a dos ganando la postura de refugiarse en la jungla donde tenían las plantaciones y las fábricas. Todos miraron al gordo belga, esperando que confirmara la huida o decretara un empate.

-          Si huimos podemos estar toda la vida huyendo, ellos quizá nunca cometer ese error que esperan – dijo el gordo.
-          No – interrumpió el americano con decisión – todos cometen errores. Dales tiempo y ellos van a encontrar enemigos entre sus propios aliados.
-          No podemos esperar ganar por un error del enemigo. Hay que ir al frente, las calles están hoy a nuestro favor. Quizá mañana sea tarde – confirmó el gordo belga su voto.

Todos quedaron en silencio. Había sido un empate. El ruso de la izquierda lo miró al americano. Sabían perfectamente lo que continuaba. Era el ritual. El americano se levantó y extendió la mano derecha hacía su aliado, el coreano. El ruso hizo lo mismo, pero estiró la mano izquierda, buscando al joven turco.

Ambos tenían unas pequeñas espadas en las manos. Uno la empuñaba en la derecha. El otro en la izquierda.

El duelo comenzó al instante. Las cuchillas volaron por encima de la mesa, las cervezas negras humedecieron el piso de ladrillo unos segundos antes que la sangre. La de ambos. Dejaron marcas abstractas en aquel lienzo de ladrillos rectangulares. El americano fue más veloz, pero el ruso fue resistente y al tiempo que recibió un puñal en el estomago pudo devolver otro golpe en el pecho enemigo.

Uno murió desangrado y corroído por los propios jugos gástricos que habían empezado a invadir todo su abdomen.

El otro murió asfixiado o ahogado en su propia sangre. Nadie sabe con exactitud.
La mesa seguía en duelo.

El inglés flaquito se miró con el joven turco. Recuperaron las armas ensangrentadas de sus jefes y se lanzaron el uno encima del otro. A los pocos minutos sus rostros estaban pintados de rojo. En todo el bar se olía la presencia de la hedionda muerte. El cantinero y el resto de los presentes no parecían preocupados en lo más mínimo, apenas si miraban – por pura curiosidad – para ver cómo iba desenvolviéndose la lucha, uno diría que estaban acostumbrados a los duelos por decisiones entre sus superiores. También es probable que estuvieran demasiado inmersos en sus trabajos, el cantinero limpiando la barra y los demás con sus computadoras escribiendo vaya uno a saber qué cosas.

El joven turco tenía algo de entrenamiento en lanzamiento de cuchillos y no falló en ubicar en la pequeña espada en el hígado de su contrincante. Pero el flaquito inglés, impulsado por un odio antiguo y una sapiencia de zorro viejo, acertó un último manotazo y degolló al joven que había confiado demasiado en la fatalidad de su disparo, y que de cualquier forma estaba muy decidido a morir esa noche.

Los otros dos, el gordo belga y el coreano, se miraron extrañados, estaban salpicados de sangre y podían ver en los ojos del otro el temor propio. Ambos amagaron que iban a por las espadas sangrientas y malditas, pero a último momento y en el mismo instante, corrieron la mano y salieron disparados de aquel bar de duelos.

Nunca se volvieron a ver.


El cantinero anoto en una servilleta una sugerencia para sorprender a su jefe en la próxima reunión de fin de mes; agregar o quitar una silla en las noches de debate para que el número siempre sea impar.

martes, 9 de agosto de 2016

Táctica y estrategia



Si no hubiese sido por mis dedos, que llamaron sin pedir permiso al cerebro, ella no habría tenido motivo para devolverme la llamada. Mi calzoncillo todavía estaba pegajoso y la pantalla del celular no dejaba de brillar en la oscuridad de la pieza. Era ella. El susto fue igual al de esos sueños donde te descubrís desnudo en medio de una fiesta llena de familiares y personas que nunca olvidan tus peores momentos. La escuela no te prepara para resolver esas llamadas sorpresivas. Quise conservar la calma y respirar hondo como había leído en un libro de yoga, pero no me salió, nunca me sale calmarme cuando lo necesito. Sin embargo, entre toda esa basura emocional que taponeaba mis arterias creativas, recordé una frase que ella me había dicho la semana pasada y que de inmediato se transformó en una idea, algo con lo que podía trabajar. Entonces atendí.

-       Ei, hola, me llamaste.
-       Sí, ya te iba a llamar de vuelta, es la señal de mi cel.
-       ¿Para qué me llamabas? ¿qué pasó?
-       Nada, porque te preocupas, estoy organizando un viaje.
-       Me pegué un susto.
-       No, es solo que me acordé que vos tenes unos parientes en Villa Alpina, una tía alemana.
-       Sí, mi tía Ebba.
-       Bueno, yo voy a ir para allá, por si queres visitarla voy a estar en Villa Alpina el próximo fin de semana.
-       ¿En Villa Alpina? ¿qué se te dio ahora?
-       Quiero subir el Champaquí.
-       ¿Vos me estas jodiendo no? Te pegó mal el porro o qué.
-       En serio, el viernes a primera hora salgo para allá. Y ya que me hablaste de tu tía, si queres podemos ir.
-       Ni loca. Está helado, ¿sabes el frío que hace allá arriba? Te vas a morir. Acordáte de mí cuando te congeles, yo te lo advertí. Y me decís que no me preocupe, ja.

Un día antes esa breve conversación hubiese sido imposible. Todos los acontecimientos eran consecuencia del principio de aceptar mi cobardía. Y como ya se me habían empezado a calentar las neuronas más optimistas, y en ese estado me invade la euforia, y sobre todo la estupidez, me lancé de cabeza y sin mirar el vacío que me esperaba allá abajo, donde los mortales luchan hasta morir por su orgullo.

-       No me importa, si te abrigas no pasa nada.
-       No, sí pasa, te congelas. Lee las noticias, no vas a ser el primero en morir congelado.
-       ¿Te levantaste pesimista hoy?
-       Son las 12 del mediodía, ¿vos recién te levantas y lo primero que se te ocurre es morirte congelado?
-       Sí recién me levanto, pero no exageres queres, el negro vende equipos de montaña, mañana paso por su local y me presta unas pieles térmicas y las camperas.
-       Bueno como quieras pero en singular, yo no voy.
-       ¿Le mando saludos a tu tía entonces?
-       La voy a visitar en primavera como siempre, no en pleno invierno. ¿Cortan las calles en esta época sabías?
-       No, no sabía. Llevamos una pala entonces, para abrirnos paso.
-       Te fumaste uno en serio ¿no?
-       Sabes que sí, me fumé uno. Y de verdad quiero que vengas pero si vos no queres todo bien.
-       Estás raro.
-       Vos estas rara, me dijiste que queres ir a visitarla, y ahora te empacas.
-       Sí, no sé. Pero ¿por qué tan de golpe? Algo te pico.
-       No, bueno deja, quedate viendo tu serie.
-       Para, para no cortes. Decime porqué de repente te convertiste en un escalador de montañas.
-       No sé, es muy temprano para pensar Larisa. Siento que tengo que ir.
-       Que sentís.
-       Que tengo que ir, subir la montaña, pasar unos días allá, cagarme de frío, hacer un poco la vida de leñador.
-       ¿Y no te alcanza con vestirte de leñador como a cualquier hipster? Si queres podes cortar un poco de leña en el patio de casa.
-       Bueno, te dejo.
-       No, no para, me divierte esta nueva locura. Contame.
-       Es que no hay nada para contar, es eso, voy a hacer un viaje a la montaña. Creo que va estar bueno, necesito cambiar el aire, ver otros paisajes, allá arriba la gente no tiene nuestros problemas entendes. En fin, si queres acompañarme, sería buenísimo, vamos tranqui, escuchando música.
-       Ni te imagino con una mochila, pero si te imagino puteando, a los veinte pasos te vas a querer matar.

Y tenía razón, apenas bajé del auto y me calcé la mochila sentí quince kilos de errores de principiante en la espalda. Larisa empezó a reírse, y yo acumulé en silencio una pila de puteadas que pedían su libertad a gritos. Pero no putee, ni si quiera una sola palabra fuera de lugar, el orgullo las tenía encadenadas en una celda oscura y húmeda por las secreciones de la lengua. La miré de costado y le sonreí; era lo más lejos que había llegado en eso que otros llaman felicidad. Estaba a cientos de kilómetros de los problemas del mundo, con la mujer de la que hacía años me había enamorado. Está bien, era bajo el titulo de amistad, y una confianza casi fraternal, tipo hermanos, pero la situación era lo bastante romántica como para destruir ese abismo gélido que nos separaba.

El abismo gélido fue una creación de Larisa, yo lo bautice con ese nombre y ayudé a construirlo con la misma esperanza ciega que hizo posible que los esclavos egipcios levantaran las pirámides, pensando que les servirían para algo. Basado en los escritos de táctica y estrategia del general Benedetti y del estratega de guerra Sun Tzu, he formulado una hipótesis respecto del fracaso de la mayoría de asedios amorosos que terminan en amistades o, peor aún, en treguas baratas. Ilustremos el por qué. Mientras yo transitaba la etapa de enamoramiento, también conocido como de preparación para el asedio, Larisa - decepcionada de su última relación - construía unos gruesos muros para protegerse de los invasores que ya le empezaban a parecer todos iguales. Es sabido que la belleza y la obstinación de la reina determina cuan duras e impenetrables serán sus defensas. Por otro lado, los asedios más efectivos serán de los  ejércitos que mantengan una línea de ataque frontal e ininterrumpido. Para esto harán falta dotaciones de soldados rudos e insensibles. La regla general es que cuanto más tiempo uno tarde en destruir las defensas, menos posibilidades habrá de invadir exitosamente la fortaleza, ya sea por falta de tropas o agotamiento psicológico. En mi caso ya habían pasado años, al lado mío no quedaba ni un soldadito de juguete. Cuatro años y medio exactamente. Así que podrán imaginarse el grosor de los muros, y no solo eso, sino también el ya mencionado abismo gélido que existía entre nosotros, y que de alguna forma debía cruzar para llegar a sus muros, ya sin planes de destruirlos, sino más bien con un gancho y una soga para tratar una escalada suicida.

Desde la primera vez que compartimos una clase en la universidad ella reconoció en mí los ojos tontos del amor. Mis enamoramientos son como los cariños de mi padre; poco frecuentes pero muy evidentes. Eso sumado al hecho de que una mujer inteligente te desarma de un vistazo. Y Larisa era dueña de perspicacia holmeana. Durante un tiempo pensé que me había enamorado justamente de eso; su inteligencia, su cerebro, sus sesos, pero eran sólo falacias mórbidas para intentar quitarme el hechizo de encima. Intentos vanos, porque solo existe una manera para desactivar un amor. Confesarlo. Y yo, en la época de encubrir mi cobardía, nunca lo había podido hacer. Sí es cierto que reunía una cierta cantidad de tentativas; en una fiesta, vía Whatsapp, en un trabajo para la universidad, y otras improvisaciones, pero nunca la había frenado y sin titubear soltado todas las palabras en estilo directo. Ni si quiera había imaginado que eso era posible. El enamorado no quiere imaginar los mundos apocalípticos del rechazo donde muere de miedo. Y el cobarde no se anima a imaginar mundos donde muere de amor. Verán entonces como mis condiciones no eran para nada favorables.

Sin embargo el ser un poco inconsciente en el diseño de mis planes oculta una extraña ventaja, y es que detrás de lo que a simple vista parece una mala decisión o una equivocación suele haber cierto ingenio retorcido que me devuelve al juego.

Entonces estábamos con las mochilas abrochadas a nuestras columnas como unas sanguijuelas gigantes, y caminando por una tierra nevada y helada. Ella iba más liviana, su sanguijuela llevaba la mitad de cosas que la mía. Yo iba preparado para cruzar los Andes, salvar al soldado Ryan o quedarme a vivir con ella en una cueva.